La primera vez que pensé que iba a morir

 Con siete años de edad, estaba sentado, aburrido en una iglesia, en familia, con gente cantándole a Dios. Conocía el concepto de castigo, el infierno, Satanás y claro me daba miedo, lo que no me esperaba, era que, imbuido en esos pensamientos, sin ningún aviso, comenzara a tronar el piso, como una estampida que viene desde el centro de la tierra, y todo se empezara a mover, los cantos se convirtieron en gritos, mezclados con oraciones murmuradas y en la caras de todos: terror. La gente corría y costaba mantenerse en pie, yo también corrí. Se oía como se rompían vidrios, volaba polvo como niebla

fantasy-2847724_1280-848x480 y el sonido seco de objetos pesados cayendo. Una vez fuera de la iglesia, las piernas me temblaban, no sabía si era que seguía moviéndose la tierra o era yo. Esa fue la primera vez que pensé en que uno puede dejar de existir, la muerte física, real y tangible, sin nada que uno pueda hacer al respecto.

 

Pasan los años y se me olvida, hasta que cada cierto tiempo, en mi movido país, el pensamiento de muerte vuelve a estar a flor de piel, en un terremoto -casi siempre en mi caso- para volcanes, tsunamis o incendios. Tenía 7 años, nunca más me ha encontrado uno en una iglesia y nunca más me he asustado tanto como esa primera vez. Tuve ahí, mi primer cuestionamiento a la lógica de la religión, al bien, al mal, a la justicia y al castigo. Nada tenía sentido, excepto la vida, el terror y la muerte. Por alguna razón desde ese episodio, empezó mi miedo a la oscuridad, la ancestral nictofobia.

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